Reflexión: el valor de la palabra

  19 de octubre de 2017

Una niña susurrando palabras

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Por: Carlos Sánchez Mejía

Knotion, México, octubre 2017.- Generalmente pensamos que tenemos muchas cosas y que éstas son las que podemos compartir con los los demás, porque son nuestras, porque precisamente implican propiedad; sin embargo, cuando se habla de posesión debería referirse a algo que no es efímero, sino que es propio en objeto (o concepto) y en voluntad.

Desde este punto de vista, puedo afirmar que uno de los pocos bienes intangibles únicos que cada ser humano posee es su palabra, su manera de expresarse, y por este concepto hago referencia a lo que se piensa, se siente y se dice, porque estos tres aspectos engloban a la palabra como medio de comunicación oral.

El pensamiento, sentimiento y expresión se convierten en el ser propio, auténtico y profundo de cada persona, son su esencia, aquello que lo distingue de los demás; puedo pensar y sentir similar a otras personas, pero no lo voy a expresar de la misma forma: todos nos comunicamos, pero cada quien en su estilo y de acuerdo a su propia experiencia de vida y su conocimiento intelectual.

Jarquín, M, en su libro La comunicación: Revelación de una existencia sostiene que “la raíz del camino hacia ser sí mismo, está en la comunicación. La individualidad no emerge desde dentro de sí misma, sino que es preñada por la comunicación, sólo así podrá emerger desde su ser-fecundo.” Pensar, sentir, decir, todo junto, es una cualidad no física que nos diferencia de otros seres vivos. Y todo es a través de la palabra.

De ahí la importancia por educarnos en el arte de la expresión oral, hay que aprender a usarla, a saber en qué momento, con quién y cómo tenemos que utilizar a las palabras: palabras bien empleadas generan una mayor autoestima y empatía con nuestros niños y en nuestras relaciones interpersonales. En la mitología, la comunicación fue el regalo más grande que los dioses dieron a los hombres, decían los griegos que por eso castigaron a Prometeo, no porque les diera el fuego, sino porque les indicó la forma en que tenían que pensar y ser libres, lo que determinó la capacidad del hombre por “ser y decidir”.

La palabra nos permite conocer el amor; te invito a utilizarla con sentido, con verdad, con intención positiva, porque es una de las contadas cualidades propias y auténticas que podemos dar a los demás.

Si recordamos, los glifos que se usaban entre los pueblos prehispánicos de México, cuando representaban el acto de la comunicación, ponían a una persona sentada y una flor saliendo de su boca: eso debemos emitir cada vez que hablamos, propongámonos ser sumamente conscientes y seguros de lo que vamos a decir, ser muy cautelosos al expresarnos, porque puede salir lo más bello o lo más atroz.

Si una persona utiliza palabras positivas, tiende a ser más tranquila, agradable, segura de sí misma, feliz, contenta con lo que hace y con lo que tiene, no se mete con los demás; es alguien que inspira confianza, que nos invita a acercarnos a ella porque podemos estar ciertos que nos dará un trato digno.

En cambio, una persona que habla agresivamente no inspira confianza, se muestra violenta e irritable, “explota”, no demuestra afecto y no respeta a nadie, porque no se respeta a sí misma.

Los invito a preguntarse ¿cómo quieren vivir de aquí en adelante? y ¿cómo quieres que tus hijos vivan?: en un ambiente de paz, alegría y felicidad o en un ambiente de agresividad, violencia e insatisfacción.

Para saber en cuál estás y en cuál quieres vivir, revisa cómo hablas y lo que dices, o como bien citan los refranes “el pez por su boca muere” y “Más apaga una buena palabra que una caldera de agua”.


Bibliografía.

Bulfinch, T. (1948). Mitología. México: Nueva España.

Jarquín, M. (2005). La comunicación: Revelación de una existencia. México: Yoltéotl.

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